Una mujer con su cuerpo en movimiento se apodera del espacio, completándolo y borrando el vacío que allí existía, al tiempo que genera microespacios. Con singularidad y sinceridad, entrega sus humildes posesiones: una plancha de metacrilato, una máquina de humo, bombillas, una peluca rubia, un mono de trabajo modelo italiano, un vestido plateado y su propio cuerpo como elemento adicional.
La acción escénica comienza con la construcción de una enorme tela de araña. Una estructura potencialmente hecha para atrapar, engañar y embaucar en este caso al observador, con imágenes llenas de poesía corporal, a veces subliminal y espontánea otras, incluso alguna oculta y robótica. Todo ello albergado en una espacialidad rigurosamente programada, en busca de una geometría casi impecable, con la sencillez de los materiales escenográficos propuestos y también, un discurso prácticamente místico, dejando aflorar las emociones más oscuras y ocultas.
El intérprete, otro microespacio en sí mismo y el más importante. Con su alma, su núcleo, su verdad, su conciencia, su razón y su esencia. Con su cuerpo físico, su armadura, su ropa, sus máquinas, sus prótesis, sus embalajes y sus bienes. Con su carne, cambiante, anárquica, efímera e incontrolable. BOUCHE es este encuentro deseado y repudiado con nuestro cuerpo físico escénico, que es a la vez incompleto, cambiante y confuso, algo que hay que dominar, domar, reprimir y superar. Un cuerpo consumible, que estando sujeto al alma y no asumiendo su carne viva está vacío de todo su poder